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Metegol




Comienza el pitazo inicial. Las calles se llenan de gringos buscando fiesta, los precios se disparan y, de repente, todo el mundo habla inglés. Todo el mundo quiere aprovecharse de todo el mundo. Y sí, aunque no lo parezca, “todo el mundo” es más que gringos y europeos que nos ven con cara de: “¿Y ustedes por qué nos asustan con su vida pobre e infeliz, si solamente estamos aquí para pasarla bien?”.


—Debes irte —sentenció.


Con esta frase comenzó mi más larga e infructuosa historia de los últimos meses pre-mundialistas. Intentar reconfigurar la vida en tan poco tiempo es complicado, por decirlo menos.


Yo había construido mi pequeño paraíso, mi oasis en medio de este caos. Quizá ahí radica el problema: cuando construyes en paredes de cristal, espacios que no te pertenecen y que, sobre todo, pueden venirse abajo, dejándote en completo abandono y olvido.


Me acordé cuando llegué a esta ciudad. Yo la veía desde el cielo con la angustia de alguien que sabe que se perderá por completo en esta inmensidad. Me sentía como una hormiga incluso antes de aterrizar. Sabía que todo sería complicado, que las cosas no serían simples. Porque solo es simple cuando llegas a México con tus Mastercard y tu visa de nómada digital.


Pero yo siempre quise luchar por ese sueño. Esta ciudad tiene algo que te hace querer pertenecer, intentar sentirte uno más en sus calles.


Vi niños jugar fútbol en medio de la madrugada mientras sus padres comenzaban su larga labor. Aunque muy parecido a cualquier ciudad latinoamericana, tenía un aire nostálgico distinto. Había algo en estos niños, en estos padres, que no podría explicar, pero se sentía diferente.


El partido avanza y uno de los equipos está listo para el pitazo inicial: ya tiene sus caguamas en la mano, sus visas de invitados premium. En la delantera se avecinan los arquitectos llenos de proyectos inmobiliarios que están dispuestos a “ayudar” para que esta ciudad se vea bonita al fin.


Sin embargo, las cosas nunca fueron fáciles. Yo, como muchos de los que llegamos aquí, salimos por la violencia y las pocas oportunidades que existen en nuestros territorios. A veces bellos, pero esa belleza se ha ocultado bajo una capa de violencia y pocas oportunidades que deja, en un velo de niebla, la realidad de sus poblaciones.


Aquí pensé en tenerlas, en generar espacios, luchando día a día como si fuera el sueño americano. Porque, a final de cuentas, ¿estoy en Norteamérica?


Por otro lado, el equipo invitado se alista con miedo para que empiece el partido. Están confundidos porque llegaron al estadio pensando en ser locales, en ver un estadio lleno apoyándolos y ovacionándolos, y se encontraron con una realidad diferente.


Ahora los locales son otros. Son aquellos que pueden pagar su estancia, los altos precios. Ya en cancha, el portero no sabía qué hacer. Temblaba al pensar que tendría que atajar una serie de obras mal hechas, caos, muertxs ocultxs y trabajadorxs cansadxs que la ciudad monstruo trata de ocultar mientras este estadio se llena de gente ciega.


Ahora me doy cuenta de que esa realidad “norteamericana” también ha golpeado la manera de vivir y sentirse en este país. Ya no solo a nosotros, los extranjeros, sino a todas las personas que no pueden costear el estilo de vida que esta ciudad demanda.


“Tienes 30 días para abandonar el departamento; de lo contrario, llamaré a la policía”.


Comenzó el juego y claramente se ve una posición desigual entre bando y bando. Los locales no intentan jugar: amenazan con desalojos si pasan de la media cancha. Recuerdan que hay olas de calor o lluvias intensas que azotan sus casas y que, si no se van ya a cuidarlas, nadie lo hará por ellxs.


Recuerdan que es mejor que te quedes en tu casa, porque al estadio no podrás entrar. El deporte se ha vuelto estatus: solo los gordos millonarios o los delgados CEO’s de las más prestigiosas empresas del mundo podrán darse el lujo de ver este partido.


Cuántas veces hemos escuchado frases violentas que nos dejan en una situación vulnerable, indefensos y sin la capacidad de responder. Encontramos la forma de seguir sin que esto nos derrumbe por completo.


“Tienes 15 días para abandonar el país”, “tienes una semana más de paga”, “después ya no podré pagarte”, “tienes 2 días para pagar la deuda del banco o te quitamos todo”.


Un eterno etcétera se repite y repetirá en personas que soñamos con una vida mejor, pero solo encontramos sueños inflacionados y realidades esqueléticas.


Del otro lado de la cancha hay miedo, sufrimiento y cansancio por las amenazas recibidas. Pero alguien en la defensa plantea organizarse, tratar de defender su cancha. Organizar jugadas que desplacen a los rivales y puedan avanzar hasta el otro lado tratando de meter un gol, al menos uno.


Se cree que la organización podría hacerlos avanzar. Si olvidan todo lo que han vivido, no lo harán. Porque el olvido no te deja avanzar, porque el olvido solo genera realidades alteradas llenas de filtros y emojis.


Ya no puedo seguir aquí, en este lugar que, con tanto esfuerzo, he intentado llamar casa. La arrendataria, una señora de más de 80 años que a duras penas puede subir las escalinatas para llegar al departamento, me anuncia que debo irme, pues el mundial se acerca.


Impávido, respondí:


—¿Qué tiene que ver el mundial, señora? Yo siempre pago a tiempo y nunca ha existido un problema conmigo.


Doña Toña, que casi no escucha, me dijo —después de pedirle explicaciones y repetirle varias veces por qué me hacía esto— que no era personal, pero que yo debía entender que el mundial se acercaba y ella podría sacarle más provecho al departamento con todos los extranjeros con dinero que iban a llegar a la ciudad.


Llega el medio tiempo y, con él, las grandes marcas mundiales nos venden sueños que se compran a plazos; hombres y mujeres de cristal que te hacen dudar si el amor existe o si, en realidad, lo único que necesitas es un mejor trabajo para un mejor amor.


Sonidos de música trivial no dejan que la gente se organice. Mientras algunos intentan organizarse, encontrar formas de avanzar y gestionar estrategias frente a la gentrificación y el discurso oficial, la música se apodera del lugar. Todos cantan a rabiar y atribuyen discursos políticos de resistencia a lo que, en realidad, solo es marketing disfrazado de Che Guevara.


Está a punto de comenzar el segundo tiempo. Nadie sabe lo que va a pasar, aunque en el marcador no hay goles aún; todos sabemos quién va ganando.


—Pero, señora, el mundial solo dura unas semanas. Yo llevo aquí años. Es mi casa.


—No, joven, no se confunda. Es mi casa —sentenció—. Usted es un inquilino y la ley me permite pedirle el departamento cuando a mí me dé la gana.


Me dijo la señora de más de 80 años que tiene un edificio que ni siquiera le pertenece y del cual vive.

En dos minutos mostró la realidad que muchas veces he tratado de no ver: sigo siendo un extranjero, sigo estando en un espacio que no me pertenece, creyendo muchas veces —solo en mi imaginación— que soy tratado como un igual o que no me reconocen en mi condición de migrante.


Pero la realidad es que, cuando más se necesita ser incluido, más se siente la exclusión.


Comenzó el segundo tiempo y podemos ver que el equipo está conformado, de un lado de la cancha, por vendedores ambulantes, prostitutas desplazadas de su lugar de trabajo y empleados de aplicaciones que no pueden trabajar en sus lugares porque “ensucian” las calles, y eso el otro lado de la cancha no lo puede soportar.


Han llegado esperando una ciudad limpia, como la cancha en la que se desarrolla este magno evento.

No la imagino rentando a extranjeros sedientos de fiesta y placeres mundanos. El departamento está en pésimas condiciones, lo normal en esta ciudad: casi se cae a pedazos. Pero ella cree que por darle una mano de pintura está listo para la batalla mundialista. Y sigo hablando del departamento en el que vivo, nada más.


Además, no imagino qué clase de muebles o sábanas piensa usar. Porque, que yo sepa, a la gente de cualquier lugar del mundo le gusta al menos tener una cama y un departamento en el que no existan mexicanos para vacacionar.


Las paredes se han limpiado. Los alrededores del estadio muestran su mejor cara, esa que pudo mostrarse a los habitantes de la ciudad. Hay que mostrarla solamente cuando llegan eventos que nos permiten ser lo que en realidad no somos.


Porque la ciudad monstruo es eso: un animal que se come despiadadamente todo a su alrededor.


Sigo buscando. Camino la ciudad de un lado al otro mirando cada edificio que encuentro a mi paso. Me he descubierto ya un tic: si el edificio se encuentra en buen estado, es decir, es un edificio de menos de 20 años, aunque tenga un número gigante de renta en la puerta, no lo veo. Sé que esos departamentos superan con creces lo que gano y, por ende, lo que puedo pagar por ellos.

Es muy triste saber que las posibilidades de renta se reducen a casas con fachadas empobrecidas, departamentos que son una ratonera o incluso lugares que tienen problemas con los servicios básicos.

Pero no falta el mensaje en redes sociales de la publicidad que sabe incluso mis más oscuros secretos y que me recomienda vivir en Polanco o dice: “Nunca fue tan fácil rentar en la ciudad”.


Yo creo que el algoritmo que me acompaña a todos lados tiene una imagen muy distorsionada de mí.

Para mí nunca ha sido fácil rentar. Nunca ha sido solo un mero trámite. Se ha convertido, con el paso de los años, en un momento gris en el que enfermo, me enojo con mis seres queridos porque no entienden mi realidad y dicen que encuentro problemas donde no los hay.


A veces pienso que la ciudad ya no nos quiere. No solo a los extranjerxs, latinxs, morenxs o mujeres: a todas las personas. No importa el género u origen; lo importante aquí es el potencial económico con el que vengas a esta ciudad.


Metieron un gol, pero eso ya no es novedad. En realidad, el partido tenía que terminar así: con goles en contra de los que vivimos aquí, con más dinero para unos pocos y con menos posibilidades de encontrar una mejor vida para los comunes.


Ya no hay nada que esperar de esta reta. La cancha nunca fue pareja. Las condiciones no estaban puestas en una balanza igualitaria.


Terminó el partido. Hay una sensación de que nada ha cambiado. La ciudad esconde, detrás de su capa de pintura nueva, la historia de desasosiego que ha cargado por años. Sus rastros no permiten olvidar la historia de violencias y agresiones hacia sus pobladores.


No hay nada que celebrar. No ha vuelto a casa nadie.


Seguimos cargando la angustia de las desapariciones, las violencias hacia las mujeres y los desplazamientos forzados.


Pero ya no hay nada más. No hay esperanza que nos alcance. No hay claridad en tanta sombra.


Mayo de 2026


 
 
 

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