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El caballo que se convirtió en guitarra

Actualizado: 21 oct 2025



Era abril y el caballo no supo que no debía comer más pasto, quizá la sombra que buscaba lo llevó a ese pequeño espacio en el que aún había algo verde en medio de plantas secas, las comió y ese fue su final, sin saber que en realidad sería el principio de una historia casi irreal.

Aquel caballo empezaba su vida en las montañas de Michoacán; llevaba meses conociendo su territorio, encontrando comida en medio de las montañas y recorriendo los campos de manera salvaje. Una mañana, mientras su instinto lo llevó a comer algo que no debía, unos niños con smoking en un auto manejado por un padre, desesperado por llegar hizo que sus caminos se encontraran. El papá pidió a los niños, con un intento de calmarlos, que buscaran por las ventanas, cada uno a un costado de ellas, un caballo muerto. Ellos, emocionados, se pusieron en posición y con profunda concentración y detalle querían ganar el primer lugar en encontrar un caballo. Era muy peculiar imaginar a dos niños con smoking buscando un caballo muerto en medio de la carretera.

—¡Ahí hay uno! —gritó desenfrenadamente uno de los dos niños.

El padre, casi frenando a raya, gritó: —¿dónde?.

—Ahí, en medio de los pastizales secos, debajo del árbol —respondió.

El papá frenó completamente al recordar que iba en el auto de su esposa; ella había viajado días antes a la ciudad y esperaba que llegaran los niños y su esposo al evento. Él se fastidió pues sabía que en ese auto no encontraría el kit, que andaba a traer casi como un amuleto hace ya casi más de un año.

En el kit podías encontrar un machete, y un costal, simplemente eso. No era casualidad que el padre sepa lo que tenía que hacer. Venía de una descendencia de cazadores y siempre estuvo acostumbrado a saber cómo sacrificar un animal, pero esta vez era especial, necesitaba encontrar el ejemplar adecuado y eso solo lo sabía hasta verlo detenidamente.

Se acercaron al caballo que, al parecer, se había ahogado con pasto seco que comió en la zona.

Parecía ideal, pero habían dos problemas; no traía los materiales necesarios para hacer lo que tenía que hacer y los niños tenían que llegar lo más pronto posible porque en unas horas estarían tocando frente a muchas personas, concursando una vez más para saber quién era el mejor.

Cuando parecía que no se podría hacer nada más que confiar en que el caballo estaría ahí intacto hasta su regreso, estaban por irse. De pronto, una anciana con una carga sobre su espalda, con un machete debajo de ella, va caminando de manera desprolija y lenta.

—Buenas tardes, señora, ¿sabe usted si este caballo le pertenece a alguien? —preguntó.

—Yo creo que no, en esta zona hay varios caballos salvajes como este que se mueren por comer lo que no deben.

—¿Usted cree que me pueda prestar su machete? —preguntó sin vacilar. —Es que debo cortarle la cabeza a ese caballo.

La señora accedió sin pestañear; solo se alcanzó a oír la pregunta: —¿es para una barbacoa que necesita la cabeza?

—No señora, es que voy a construir una guitarra con ella —le explicó. La señora, molesta, le dijo que si no quería invitarla a la barbacoa no era sino que se lo dijera y ya, —al final, sí le iba a prestar mi machete— le dijo con un tono enfadado.

El hombre, sin dudarlo un segundo, tomó el machete y recordó todo su linaje familiar en cuanto a la carnicería se refiere; en realidad hablamos específicamente de degollar animales, pero eso no suena políticamente correcto.

Y ahí estaba, con camisa de vestir y zapatos nada adecuados para la ocasión, cortando una cabeza de caballo en medio de la carretera con dos niños en la parte posterior del auto.

Los niños miraban con total normalidad el destino final del caballo, sabían que no era la primera vez que iba a pasar y, de hecho, tampoco era la primera vez que acompañaban un acto semejante.

Aburridos en el auto, decidieron bajar a ver cómo avanzaba la decapitación.

Gran momento, pues el padre gritó: —¡Eh! ¡Ustedes! Necesito que me ayude uno de los dos, pisando el machete, porque no puedo solo.

Y ahí va el más temeroso de los dos; con paso firme y respirando profundo. Sabía que él sería el elegido, pues era más pesado y necesitaba peso el asunto.

Aunque ya había acompañado situaciones similares al ser amigo de la familia, nunca había estado tan cerca; con asco y miedo de ensuciarse su traje de gala destinado al concierto que en unas horas tendría, atinó a apoyar la punta de los dedos del pie en el machete.

El hombre le gritó que eso no servía para nada y que tenía que poner todo su peso en el machete para que él pueda realizar su movimiento. Y así fue: puso el peso y la cabeza cayó. Inmediatamente se dio la vuelta el niño, como sabiendo que si miraba eso, ese recuerdo, lo acompañaría para toda la vida.

El papá devolvió el machete a su dueña, amarraron la cabeza con lo que pudieron y vieron cómo la señora se iba en medio de una montaña de polvo que dejaba atrás al arrastrar aquel pedazo de ser degollado.

Los niños volvieron a subir al auto; el padre, salpicado por algunas señas sanguinarias del momento, no tuvo más remedio que seguir el camino de esa forma, pues el tiempo no estaba jugando a su favor.

Llegaron.

Los niños dieron uno de los mejores conciertos de guitarra que habían dado hasta ese momento en sus vidas, quizá la escena les ayudó a entender los resquicios de belleza en las cosas más brutales, o quizá lograron desprenderse de la brutalidad del mundo para encontrar su belleza.

Yo gané, le dijo un niño al otro sin hablar del concurso de guitarra.



A la familia García Ayala





 
 
 

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