La fuente de la juventud
- Jijón Quelal
- 9 mar
- 6 Min. de lectura

Había visto a mi abuela pocas veces en toda mi vida; de hecho, creo que las puedo contar con los dedos de mis manos, pero en realidad mi cabeza no olvidó su silueta, gracias a mi madre, que se empecinó en ello para que nunca deje de recordar los mejores momentos de mi infancia.
Yo vivo en Estados Unidos, soy medio gringo. Mi abuelita vive en un pueblito muy cerca de la Ciudad de México, pero por esto de la pandemia mis tíos se mudaron a la gigante y caótica ciudad, llevándola con ellos para que esté acompañada, pues nadie imaginaba que esta pandemia duraría tanto tiempo.
Con mi mamá siempre estamos muy pendientes de todo: de la salud de los tíos, de los amigos de la infancia de mi madre, pero sobre todo de mi abuela. Mamá sueña con volver a México y abrazarla, como ella la abrazaba cuando, llorando, regresaba a casa quejándose porque las niñas más grandes no querían jugar con ella. Mi abuelita, con la dulzura que la caracterizaba, le decía que no pasaba nada, que los niños sí querían jugar con ella, pero quizá por chiquita no la vieron y por eso se quedaba atrás.
Lastimosamente mamá no puede regresar. Ella, como muchas mexicanas y latinas más, es inmigrante; eso hace que no pueda salir de este país. Yo, como les dije, soy medio gringo, bueno, eso dicen por acá, aunque mi corazón es supermexicano; tengo a toda mi familia que me enseña a amar mis raíces, su gente y su cultura. Tanto así que ahora, con esto del COVID-19, he decidido regresar a México por unos meses mientras todo se arregla en el mundo.
Mi mamá me decía que es muy peligroso ir en este momento; no sabía si era una buena idea, pero las ideas son el espíritu más bestial del alma, eso siempre decía mi abuelita y ahora entiendo perfectamente lo que quería decir con ello. Mi alma está con mi familia, mi abuela y mis tíos. Muero de ganas de sentir los surcos que rodean las infinitas manos de mi abuela, sentarme a su lado y que me cuente esas historias de cuando mamá era chiquita. Al parecer soy idéntico a ella, pero nunca pude comprobarlo; allá en el gabacho mi pobre madre se ha dedicado a trabajar y a sacarme adelante para que pueda tener una profesión que, como ahora, me permite ir a México a acompañar a mi familia.
Cuando digo acompañar, en serio me refiero a eso, porque mi abuelita no ha salido desde que todo esto comenzó; le da miedo. Dice que esta enfermedad se ha llevado a los pocos amigos que le quedaban.
Don Carlitos, por ejemplo. ¿Te acuerdas de él, mijito? Uyyy, si él hasta te cargaba cuando eras chamaquito y decía: “Pues este niño de gringo no tiene nada”. Yo, claro que no me acordaba de él, pero oír a mi abuela contarme esas historias como si me las contara cada día de mi vida me estrujaba el corazón. Para ella yo nunca he vivido en otro lugar y para mí ella ha estado a un metro de distancia, distancia justa para levantar un poquito la voz y decir: “Abue, tengo un problema y sé que tú me puedes ayudar”. Siempre fui su chiquito, el que lloraba como su hija cuando sus primos lo dejaban solo; ese que se escondía en medio de sus enaguas y podía conformar un mundo territorial alrededor de ellas. No existía nada más que mi abuela cuando la miraba, y en sus ojos encontraba la historia de toda su descendencia, junto con la fortaleza de las mujeres de su familia, que luchaban como unas guerreras para sacar a quien tuvieran que sacar adelante.
Y así, con todas esas anécdotas a nuestro alrededor, llegó una historia más que contar. Ya era hora, había llegado su turno. Le tocaba, en esta semana, pasar a la historia como una sobreviviente más de este bicho que nos tiene amurallados en la invisibilidad de las penurias, ese animal virulento que a mi abuela la tiene con los nervios destrozados, sin entender cómo es posible que nadie la visite o que los abrazos tan queridos que siempre ha podido dar ahora le sean completamente ajenos.
Claro que se asustó; no quería vacunarse, le daba miedo lo que podía pasar. Entre una oleada gigantesca de información que atraviesa las paredes y los espacios más chiquitos de su casa, ella tenía el presentimiento de que algo podría salir mal, pero cuando hablábamos no tenía razón para dudar. A todos nos da miedo el futuro; la vacuna ha venido a mostrarse como el eterno miedo a lo desconocido, al infinito deseo de seguir caminando libres por la calle. Pero ella, testaruda, imaginaba que esas son cosas del diablo y que era mejor esperar a ver qué sucede con otras personas antes de pensar siquiera en formar parte del selecto número de viejitas y viejitos que, como en los cómics, saldrían meses después a conquistar las calles que tantas veces les han sido negadas y ahora, sanos y fuertes, las volverían a recuperar en un arrebato de segunda juventud.
Pero el incansable tiempo no mira atrás. Ahí andaba afilando la oreja de mi abuela, casi gritando como el gas o el del fierro viejo, que ya llegó su hora y que la vacuna está cerca.
Mientras tanto, averigüé dónde le tocaría vacunarse. No lo podía creer: era la Biblioteca Vasconcelos. No entendía nada, cómo puede ser que un lugar así sea punto de vacunación. Mis tíos me explicaron todo: el gobierno está buscando vacunar rápido a la mayor cantidad de gente posible y, por su espacio y ubicación, la biblioteca era perfecta para este motivo.
Yo, emocionado e ingenuo, le dije a mi abuela que debía estar feliz, pues era histórico el lugar donde le pondrían la vacuna.
—Histórico es que hayas venido a visitarme —respondió ella, dejándome con la emoción a cuestas—. Mejor no digas tonterías y ven a comer —musitó, cambiando el tema tajantemente.
Pero aunque en su voz existía resistencia, su cuerpo y alma añoraban poder volver a salir. En primer lugar, salir a ponerse la dichosa vacuna, pero en realidad era solo el primer paso para comenzar a caminar hacia una normalidad perdida, normalidad que ya no es ni será la misma.
Y claro, yo vine a eso: a ayudar, a llevar a mi abuela a su punto de vacunación y, al acompañarla, ser partícipe del momento exacto en el que regresa en el tiempo y es vacunada como lo fui yo cuando era un mocoso.
Su andar ya no es tan ligero como la última vez que estuvimos juntos, así que mi brazo se convirtió en la ramificación de sus pasos. Los dos, despacio y sin apuros, nos formamos para que ella pueda ingresar a este universo mágico de libros convertidos en compañeros de viaje, pero ahora el viaje sería físico. Viajarán un sinnúmero de abuelitos y abuelitas como la mía a reconciliarse con la vida, a dejar sus miedos y dejarnos con el espíritu dentro del cuerpo una vez más.
Cuando pasamos los primeros filtros y al fin pudimos entrar a la Biblioteca Vasconcelos, había jóvenes leyendo poesía que, en medio del gran ruido generalizado, se convertía en un hilo de paz sonora. Por ahí vi a varias personas sentadas con libros en las manos e imaginé un México de paz, en el que los sueños se convierten en realidad y las historias de terror solo son contadas en las páginas de algún autor.
Ya le tocaba a mi abuela; mis nervios eran gigantes. Ella, a lo lejos, se quitaba sus lentes porque siempre creía que las personas, cuando te miran de cerca, necesitan ver dentro de tu alma y los lentes no permitían conectarte con el otro profundamente.
Después de todo este proceso nos fuimos de la biblioteca rumbo a la Alameda. Es uno de mis lugares favoritos en la ciudad; mi abuela lo sabe, y no por su arquitectura. Caminamos alrededor de ella y luego ingresamos a su fuente. Alrededor corrían niños con cubrebocas mientras sus madres, con gel antibacterial y alcohol, los esperaban para desafiar los rasgos más puros de la infancia.
Mi abuela reía. Me dijo algo que nunca pensé escuchar en ella:
—Hijo mío, sé que esto sonará a locura, ¿recuerdas que en esa fuente te metías cuando eras un chamaquito? Pues ahora me quiero meter en ella.
Nos tomamos de la mano y, lenta pero decididamente, entramos en la fuente. Mi abuela se mojó igual que los niños que corrían a nuestro alrededor. Nos salimos en cuanto pudimos, riendo y soñando volver a ser niños libres y sin cubrebocas.
A Rebe.




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