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  • Jijón Quelal

El güerito de Mixquic





Yo solo quería visitar a mí abuelo que estaba enterrado en una de las tumbas al lado derecho si te paras frente a la iglesia, pero no podía ver el camino ya que existía un mar de gente que se movían como hormigas alrededor de nuestros muertos.


De pronto, ahí mismo alguien gritó que lo dejarán pasar. Todos pensamos que algo había pasado, quizá se había olvidado las veladoras o quería un ponche calientito, pero no, luego de un par de palabras nos dimos cuenta que no era de aquí, era uno de esos gringos que vienen en sus safaris a vernos como si fuéramos seres de otro mundo.


Sabemos que nuestras creencias les gustan, siempre nos dicen que lo que pasa aquí, no pasa en otro lado. Este güero andaba medio perdido. Don Armando iba delante mío y ví como se molestaba por los gritos que tiraba ese foráneo, ya que alguien le dijo que, -caminaba en contravía-, pero este solo comenzó a gritar y gritar. Decía algo así como que todos estábamos en y, que él qué culpa tenía que hubiera tanta gente, que sí sabía que todo iba a estar tan desorganizado, pues que ni venía y eso se le ocurrió decirlo casi gritando mientras la esposa le agarraba el brazo y en otro idioma como que le decía que ya, que se quedara calladito, mientras que él reiteraba que si hubiese sabido que así era todo, pues que ni a México venía, después de eso hubo un silencio incómodo. Yo, pese a mi sombrero de charro y todo me espanté por el pobre güerito.



Don Armando lo agarró del hombro y le dijo muy tranquilamente, cosa que fue hasta rara, que si no se daba cuenta que estaba pisando a nuestros ancestros, que aunque trajera en una mano una camaróta de esas que solo se ven en el Zócalo y en la otra, una luz que deslumbraba a todas las señoras que les lloraban y rezaban a sus familiares, ese era un lugar sagrado para todos nosotros, y que si somos buena onda y todo pero que no se le olvidara que ellos estaban aquí de invitados. Al final este señor siguió gritando qué pues por eso ya se quería ir pero que no podía porque no lo dejaban pasar. Y que en ese momento se abre todo el mundo como en esos relatos que me contaba mi abuelita de un tal Moisés. Y le dicen,-pues ahí está, llégale no!-.


Después de haberse ido todos comenzamos a reír y a platicar sobre aquel personaje. Doña María que tomaba ponchecito junto a la tumba de Don Eustaquio dijo: - ¡Ay! estos extranjeros, deberían aprender a respetar nuestras tradiciones- a lo que un muchacho que no se veía de aquí por el pelo que traía y pues porque obvio también traía una cámara grandota respondió: - ¡si señora, yo por eso hago lo que ustedes me digan!-.



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